Aferrándose a una flor

 Él es judío-alemán y empezó a recordar cuando era muy pequeño los bombardeos en la Segunda Guerra Mundial. Recordaba que él era bastante pequeño, tendría un año más o menos; decía que justamente ahora se le habían venido las imágenes y las emociones también, y empezó a recordar cuando estaban todos escondidos en su casa, en el refugio, para evitar que cuando pasaban los nazis los descubriesen, a él lo metían dentro de una canasta, como las de ropa sucia, y lo tapaban con las sábanas y con toda la ropa para que si lloraba los de la SS no sintieran su llanto y pusiese en peligro a todos; poco a poco en este ejercicio empezó a recordar esa opresión que a veces sentía, como cuando lo ponían dentro de la canasta con todas las cosas encima y tapaban la canasta para que no lo escucharan por si él lloraba y así las tropas nazis no lo descubrían.

Una de estas veces hubo un bombardeo y lo único que él recuerda es que estuvo tirado en la vereda, parece que la bomba había explosionado y había caído muy cerca de la casa. Ésta se había derruido y él en la explosión había saltado y estaba tirado en la vereda. Se veía solo, hacía frío y lo único que él empieza a recordar es la sensación de soledad y de que todo estaba como con una sensación de cansancio y que prefería morirse. También se acuerda de que empezó a llorar y sintió que nadie lo recogía en medio de todo aquel desorden del bombardeo y en un momento tuvo la sensación como que decía: “Bueno, me quiero morir, no quiero estar aquí” y dejar de llorar y empezar a dejar morirse. 

A los pocos segundos, recuerda que giró la cabeza y vio en medio de la vereda en la que están las ranuritas donde se juntan dos losetas, en medio de ese polvo seco, una florecilla de color amarillo chiquitina que estaba ahí naciendo o creciendo, y él se quedó prendado de esta florecilla. “Bueno, sé que en ese momento no podía pensar, no tenía palabras, no tenía nada, pero lo recuerdo así”. Nos dice y nos sigue diciendo que él se quedó mirando esa florecilla y empezó a tener la sensación de asombro de cómo una flor tan chiquitina puede crecer ahí en medio de aquel bombardeo, cómo puede crecer en medio de toda aquella tierra seca; y se quedó así mirando esa florecilla tan bonita y veía como que relucía de su color amarillo, no sabe cuánto tiempo estuvo así hasta que pasó una vecina que dijo: “Anda pues, si es fulano de tal, y recogió al bebé y lo llevó a otro refugio donde estaban sus padres, que lograron escapar de Alemania y se salvaron.


Yo cuento esta historia como un modo de que nos demos cuenta de cómo a veces a las pequeñas cosas, insignificantes, cuando uno quiere y lo desea, podemos aferrarnos para seguir viviendo; es cierto que muchas veces hay cosas que nos ahogan, cosas que nos agobian y que hacen que nos encontremos como se encontraba este niño metido dentro del canasto de la ropa sucia metido con tantas cosas encima sin poder respirar. Tenemos tantas cosas que nos hacen no respirar pero es un modo de sobrevivir, un modo que ante el miedo nos ayuda a sobrevivir, ante todos estos problemas. ¡Cuántas veces hemos podido ver una florecita en medio de estas veredas y a veces no le hemos hecho caso! Con esto me refiero a que en la vida de una persona suceden mil cosas, mil cosas a las cuales agarrarse con los dientes o con las uñas y otras mil para justamente soltar las manos y dejarnos. Depende de cada uno poder desarrollar día a día la capacidad de aferrarnos a cualquier cosa, y convertirla en mágica, a que justamente cuando estamos más tristes haya una llamada de teléfono, o que justamente cuando estamos sintiéndonos más solos, en ese momento miremos a alguien y que parezca que nos sonríe y creen que nos está sonriendo a nosotros. Cuando a veces nos sentimos más desdichados justo nos llega una carta que nos alegra; hay una capacidad de vida o una capacidad de morirse.

La capacidad de vida o de disfrute sería que cualquier signo lo tomamos en beneficio nuestro, para seguir viviendo y disfrutando; a veces no importa si es cierto o no, no importa si esta persona que pasaba a nuestro lado y sonríe, no nos sonreía a nosotros, sino a alguien que está más atrás, pero en ese momento me es importante pensar que me sonreía a mí, porque yo quiero seguir viviendo, porque quiero seguir disfrutando. Otras veces hay otro tipo de situaciones o de momentos en que a nosotros no nos da la gana de ver esa sonrisa, sino que somos escépticos, no queremos tener ese dato y aunque a veces nos pasen cosas bonitas alrededor, no las queremos tomar, queremos seguir estando fastidiados, queremos no seguir creyendo, queremos no agarrarnos a las cosas para seguir viviendo.

Esto es un entrenamiento que se hace día a día, un entrenamiento que podemos enseñar a los niños: qué cosa me ha hecho hoy seguir viviendo y aunque haya cosas demasiado terribles en un día, siempre habrá algo. Debemos buscarlo; y este radar interno se va a ir desarrollando, va a ir creciendo de a pocos y a poquitos hasta que se vaya haciendo automático, hasta que nuestro entrenamiento se haga todos los días de manera automática y nos aferremos a los detalles y creamos en ellos, y podamos llenarlo en nuestra cantimplora de hechos bonitos, la cantimplora que guarda todas aquellas cosas que se mantendrán en reserva para los momentos de sequía...

                                                                                                                             Irvin Yalom

Comentarios

Entradas populares